Vivian Maier se volvió célebre y reconocida sólo después de haber muerto. En vida fue una misteriosa niñera introvertida, que se movió por Chicago de manera errante, como una sombra entre el límite de lo discreto y lo outsider. Básicamente, alguien cuyo paso por el mundo quedó registrado sólo porque el azar metió la nariz en una casa de subastas el día en que se remató por unos pocos dólares una caja vieja y descolorida, que contenía en su interior unos 40.000 negativos que llevaban el sello de su secreto talento. La caja la compró de casualidad un joven llamado John Maloof. Y su contenido hoy le es reclamado para ser exhibido por las más prestigiosas galerías de arte contemporáneo del mundo.

Sombras

Por el año 2007, Maloof se dedicaba a comprar y vender propiedades. Joven y entusiasta, cuando se convirtió en Presidente de la sociedad histórica de su barrio de Chicago decidió editar un libro para mostrar las virtudes del entorno suburbano. Buscando material para ilustrarlo, llegó a una de esas pujas anónimas donde se ofrecen como baratijas lo que ya no es de nadie. Se topó con un lote de negativos sin revelar y fotos tomadas en los años 60, y lo compró. Era inexperto. Lo que encontró le pareció irrelevante y lo despachó a su ático sin mucha reflexión.

Un año después, con el libro sobre su barrio terminado y algo más de pericia en el oficio, revisó las fotos con mejor atención y subió algunas a Flickr con un mensaje: “Si alguien sabe qué puedo hacer con ésto, le agradecería que me lo diga”. Las respuestas lo sorprendieron. Resulta que en sus manos tenía un tesoro fabuloso. La obra póstuma de una fotógrafa desconocida con un talento descomunal, materializada en miles de negativos originales sin revelar.

September 1956, New York, NY
September 1956, New York, NY

En la caja también descubrió un papel suelto con el nombre de una mujer: Vivian Maier. Al googlearla, lo único que apareció fue un obituario del Chicago Tribune firmado por los hermanos Gensburg, que habían sido niños a quien ésta mujer, de profesión niñera, había cuidado durante su juventud. Le deseaban un descanso en paz a quien había sido “orgullosa nativa de Francia, residente de Chicago por medio siglo, espíritu libre y segunda madre de John, Lane y Mathew”.

John Maloof se obsesionó tanto con ella que decidió armar ambos rompecabezas, el de su obra fotográfica y el de su existencia. Rastreó a otros compradores de la subasta hasta reunir cerca del 90% de las fotos que Vivian había sacado a lo largo de su vida -más de 100.000 negativos, películas domésticas, cintas de audio, cartas personales y recortes de diario-.

Autofoto

Y descifró que había nacido en Nueva York, había pasado su juventud en Francia, que posiblemente aprendió las bases de la fotografía con la pionera francesa Jeanne Bertrand cuando vivieron juntas, que no tuvo hermanos, marido ni hijos; que perdió a sus padres de niña, y que fue una niñera de sueldo anémico durante casi cuatro décadas. A sus empleadores sólo les exigía privacidad y un candado para que nadie accediera a su dormitorio-guarida, donde escondía las imágenes que captaba cada vez que salía de paseo con los niños con su primitiva Kodak Brownie (sin apertura de diafragma ni control de foco) primero, y con su sofisticada Rolleiflex después.

50s kid

Muchos de esos niños, hoy adultos, la recuerdan siempre con su cámara al cuello, luciendo zapatos horribles, faldas antiguas, camisas de hombre y sin demostrar emoción alguna, fotografiando a todo y a todos a su alrededor. Y se asombran por el inmenso don que tenía para percibir y registrar las singularidades de la América urbana por la que se movía. VIc, cómo le decían, sacaba y sacaba fotos, interesada en practicar su arte, aunque no en el resultado de las tomas. Hacía de lo diario y mundano el elemento disparador y potenciador de su obra. Sus tomas son la evidencia del mayor talento que define al fotógrafo callejero: la capacidad de mezclar intención y casualidad. Observaba a la gente y esperaba el momento preciso en que todo, figuras y espacio, luces y sombras, estaba en equilibrio. Y ahí disparaba su fotografía.

September 24, 1959, New York, NY
September 24, 1959, New York, NY

Quienes la conocieron y la trataron en su tiempo aseguran, sin embargo, que era sombría, algo vil, en ocasiones violenta, manifestamente freak y decididamente bizarra. Padecía síndrome de Ulises y guardaba miles de recortes de diario sobre crímenes violentos y macabros. Asustaba a los niños que se portaban mal. Como diría WInston Churchill; un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.

No suele comentarse, pero cuando John Maloof ofreció su descubrimiento al MoMA y al Tate Modern de Londres, buscando consejo, apoyo logístico y financiación para poder procesar tantos miles de rollos, no le dieron ni la hora. Lo cierto es que algunas de las fotos hoy se venden en 5.000 dólares y el joven usa esas ganancias para seguir revelando y descubriendo las maravillas capturadas por la cámara de Maier.

Vivian Maier, a todo ésto, murió sola y pobre en 2009, después de resbalar en el hielo y sufrir un fuerte golpe en la cabeza. En sus últimos años había sido una anciana arisca y con poca paciencia, que comía de la basura y se sentaba a divagar en un banco de los suburbios de Chicago. Hoy en día no tiene ni tumba. Un final cuando menos triste. Son sus fotos lo único que dan fe de que una de las más grandes fotógrafas de calle del siglo XX alguna vez realmente existió.

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