Es una regla consabida del mundo del animé: las adaptaciones occidentales de mangas orientales están destinadas al fracaso, y serán horrorosas hasta que se demuestre lo contrario… La presunción de inocencia no sirve para la ristra de remakes hollywoodenses que, ya por prontuario acumulado de transgresiones al culto otaku, ameritaría prisión preventiva si el fandom se saliera con la suya  (y no hay sexyrobotraje que nos catapulte de la sumaria decepción). Pero nos guste o no, la tendencia de los live-action ya se engranó en la maquinaria de franquicia-lización de Hollywood y todo apuntaría a que la tiendita del horror de los remakes del animé  funcionará por largo rato.

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No es para tanto, Major Kusanagui (Crédito: Kodansha).

Primero lo primero: si te criaste en la América Latina de los 90’s, sabés que hay tótems intocables y punto. Socavar la sacralidad de Supercampeones cuestionando nuestra obsesión de seis chilenas por partido, o negarle una henkidama al Príncipe Saiyajin debería estar ciertamente prohibido por alguna Convención de Derechos de la Animación Internacional. Es lógico: nuestro fanatismo infantil (y desvergonzadamente adulto) mamó de las franquicias más resonantes que se repitieron hasta la mimetización en todas las pantallas de la televisión pública y por cable entre vasos de chocolatada y Corn Flakes. Parte integral de los productos culturales de la niñez, esos dibujitos chinos que criticaba mamá, se camuflaron con productos occidentales al punto de transformarse en una realidad sociocultural latinoamericana: Dragon Ball era equivalente a El Chavo, Meteoro se jugaba un picadito con El Zorro, y Astroboy volaba con Hijitus y Antifaz, y así hasta el infinito animado y más allá. O así fue, hasta que la Nación del Remake atacó.

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Todos lo sabemos: la final de ‘Supercampeones’ fue tan trascendental como la muerte de Mufasa. Y, obvio, lloramos igual. (Crédito: Toichi Takahashi)

La crisis narrativa de los años 2000 impuso el gobierno de facto del remake de la secuela del spin-off de la franquicia. Desde entonces, la fotocopiadora tirana de Hollywood  reduce, reutiliza, recicla, rebootea, remakea y revive sin ton ni son, exprimiendo cualquier valor narrativo de todo relato. La sequía traumática que nos obliga a revivir la mismas historias una y otra vez exige el RCP de nuevas narrativas. Y el impoluto reino de la animación japonesa tenía todo para reinyectar pulso a la decadente industria que riza el eterno rizo de sí misma. Bueno. O podría haberlo sido de no haber fracasado colosalmente en cada intento.

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Versión original de “Dragon Ball Z”


Cuando una industria sin inspiración, después de tanta franquicia y tanta nostalgia se le da por asaltar a la animación japonesa
sólo hay un resultado posible. Los títulos más icónicos del mercado asiático transvestidos a los cánones prototípicos del blockbuster yanki y su (acotado) lenguaje cinematográfico pasaron de una inhabilidad narrativa al rotundo fracaso en la taquilla.. Es que vamos: no hace falta ser Otaku para ver que el error en las adaptaciones está en la bastardización de aspectos principales de la cultura oriental (y con la que todos crecimos).

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Goku es blanco y ¿emo? en Dragonball Evolution. (Crédito: 20th Century Fox)

Despotricado esto, vamos al meollo del rollo. Si bien tomamos como premisa que todos fueron, son y serán terribles, existe un podio de terribles adaptaciones live-action de mangas y animés orientales. Sigue leyendo y entérate de cuáles son los cinco que integran esta lista.

5.  METEORO: LA PELÍCULA

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Emile Hirsch pistea hasta el infinito Wachowski.

¡Mach go-go, mach go-go, mach go-go-goooo! El mejor opening del mundo mundial tenía tremenda banda sonora versión swing surfero sesentero y hasta monito para los gags. El clásico de Tatsunoko Productions ya arribó a nuestras pantallas apto para audiencias occidentales (de hecho, no sabemos cuál es el nombre original de Meteoro o de Trixie).

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El enlatado apropiado por toda pantalla infantil y refrito de domingos conquistó la televisión durante más de treinta años en América Latina con la historia del corredor de autos adolescente, el impecable Mach 5 con todos sus botoncitos, el misterioso Conductor X y toda la familia Meteoro, incluyendo al chimpancé Sim-Sim. Sin mucho más remate o misterio, los 52 capítulos originales del maestro Tatsudo Yoshida marcaron a una generación con el fuego de sus llantas.

Y si pudiéramos hacernos un tatuaje, seguramente sería el del opening de Meteoro.

Pero hasta ahí llegó nuestro amor. Las aventuras teen de Meteoro fueron la comidilla de las ahora hermanas Wachowski, que llevaron a Speed Racer a la pantalla grande en 2008 con uno de los más resonantes fracasos de taquilla del siglo. El sobre estímulo sensorial del mundo rosa chicle que creó la sororidad que nos trajo ‘Matrix’ casi nos saca del cine en un vendaval de vómito, pero, de alguna manera, fueron los 135 minutos más largos de nuestras vidas.

Quisieron, pero no pudieron. La magia del opening original es demasiado para imitar.

Lo cierto es que Speed Racer es, mayoritariamente, una mala película por cuenta propia. El universo de Meteoro no es prolífico para empezar: más que un auto con chiches y astillas de misterio aquí y allá, esencialmente se trataba de una apelación al público infantil. Por ende, el mérito de la visualmente agónica y narrativamente pobre Speed Racer seguramente no depende íntegramente de las hermanas Wachowski. Pero el diseño de repeticiones ad vertigum de cortes entre públicos y autos homicidas que urden planes maquiavélicos a toda velocidad es tan atroz como el hecho de que el chimpancé que utilizaron en la producción fue víctima de abuso animal (real y comprobada por la American Humane Association y sus representantes legales de seguridad animal).

4. GHOST IN THE SHELL

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Scarlett Johansson baila El Robot en este remake del clásico noventoso (Crédito: Paramount)

En términos precisos, la Major Motoko Kusanagi y su cyborgbody enfundado en traje de élite cibernética translúcido rompieron el cosmos otaku al medio en los noventas. La opus magna del sci-fi cyberpunk es puro psychotrip existencialista que pendula entre tramas políticas conspirativas, una reflexión social de la robotización sistematizada, y la biomecánica del alma.

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El manga escrito por Masamune Shirow es pura locomotora narrativa que desciende a un Infierno McLuhanico ya en su mera situación inicial. El cánon distópico de una cultura intervenida robóticamente se encarna en la Major Kusanagi, líder del Sector 9 y de su lucha contra el terrorismo cibernético, cuando, tras un accidente ocupacional que la empuja al borde de la muerte, su cerebro es trasplantado a un cuerpo robótico.  

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Tanto en el manga como en el animé, el aspecto robótico de Kusasnagi es uno de los más explorados artísticamente. (Crédito: Masamune Shirow)

El conflicto central del manga, enredado en todos los tensores narrativos de las sutilezas sociales y culturales, es la ubicuidad del alma. Si el cascarón -ese shell– es la coraza cyborg, ¿es la mente engranada en la máquina la que contiene el espíritu? ¿Cuál es el último bastión de la humanidad? ¿Dónde vive el alma, ese ghost al que se refiere el título?

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El androide Kusanagi nos llenó de inquietud filosófica de corte melancólico, de la emoción de su gatillo fácil y la acción sangrienta con todo y vísceras voladoras, de conspiraciones gubernamentales, en el estilizado paquete Shirow de robogeishas neon postcosmopolitas, pop oscuro de Tokyo neofuturista, hologramas varios, y ciencia ficción verosímil. No hay dudas: Ghost in the Shell es un hito del animé y, en consecuencia,  uno de los mitos más explorados de la animación japonesa.

Su éxito transgeneracional llevó a la reencarnación de la Major en múltiples edades, temperamentos y cuerpos (o falta de ellos) en cantidad de mangas, franquicias de animé, series de televisión y muchísimos ovas (películas animadas que pueden salirse del cánon).Y Paramount no fue la excepción: con una inyección de U$S 100 millones, se convirtió en el Dr. Frankenstein y descuartizó al animé para crear un nuevo Ghost in the Shell versión remake occidental.

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Kusanagi se llama Mira Killian y está en la mesa de operaciones del Dr. Frankenstein occidental (Crédito: Paramount)

Primero, primerísimo: zanjemos la cuestión nominal (porque va a aparecer en el texto un par de veces). Whitewashing es el nombre de la polémica que trajo Ghost in the Shell (y el resto de las adaptaciones) bajo el brazo. La sustitución de personajes originales de cualquier etnia por actores blancos es todo lo controversial que puede ser y es un síntoma de que los blockbusters millonarios norteamericanos no toman en serio al material de origen. Y se trata del primer y más crucial error de las cabezas pensantes de las taquillas. Fichar a Scarlett Johansson en el rol del androide japonés es la punta del proverbial iceberg en la tendencia del whitewashing pero el star power lo vuelve tantísimo peor.

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Al menos lo intentaron… (Crédito: Tomatazos)

Como puedes ver, Ghost in the Shell ocurre en Tokyo y está plagado de elementos de la cultura japonesa, desde la iconoclastia del animé y las geishas, hasta tradicionales restaurantes de sushi y peces koi. Es decir, se trata de una película ambientada en Japón, con una historia japonesa y empapado de cultura nipona. Pero, así y todo, Mokoto Kusanagui se llama Mira Killian y la mayoría de los personajes principales son, también, blancos.  El agravante mayor es tomar prestado el universo visual de impecable ejecución mientras se sustituye la historia con una versión simplificada que huele a Robocop de acá a Japón. Amén del whitewashing, que agrega ofensa a la herida, la pésima actuación de Johansson, cuyo mayor mérito es encarnar una falta total de agencia, sólo halla asidero cuando el personaje se afirma en la identidad como la más humana de las virtudes.

3. KITE

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Afortunadamente, la versión live-action no es tan cruda (Crédito: The Weinstein Company)

Odiamos decir esto de una película protagonizada por Samuel L. Jackson, pero Kite es absurdamente mala. La vendetta oscura y profundamente psicológica -símil Oldboy, otro comic arruinado por el cine occidental- del manga de Yasuomi Umetsu tomó a la censura por asalto con su súper-controversial trama de huerfanita convertida en esclava sexual. Y no podemos culparlos: las políticas que prohíben la pornografía infantil alrededor del mundo dictaminaron que, definitivamente, Kite no es para cualquiera.

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Y es que cualquier alma impresionable rechazaría una (sangrienta) cacería de los responsables por la muerte de sus padres que incluye disparos, puñaladas, evisceración y destripamiento en un demencial psychoviaje de desbalance mental, violación y violencia.

Samuel L. Jackson en otro cánon prototípico símil Tarantino (Crédito: The Weinstein Company).

Y si la historia les suena a la de O-Ren Ishii en Kill Bill es que están en lo cierto: Quentin Tarantino no se debe solo a su (desviado) cráneo, sino que las manifestaciones de sexo gráfico y vísceras volando por la pantalla en la trama animada es pura inspiración de la violencia abyecta de Umetsu.

Su universo cyberpunk de colegialas asesinas es una representación gráfica del Infierno en la Tierra y la crueldad sirve al propósito narrativo de enseñar al Diablo en el entramado cotidiano del mundo moderno (por más inverosímil que nos parezca). Pero lógicamente, por más mérito simbólico y artístico, cualquier adaptación de Kite siempre tendrá algún mandamás del establishment yendo con pies de plomo. Y ahí nació la versión live-action.

Cuando ni siquiera Samuel L. Jackson te salva, es que las cosas no están bien (Crédito: The Weinstein Company).

Era de esperarse: después de un animé censurado en la mitad de planeta, la entrega de 2014 dirigida por Ralph Ziman bajó significativamente el tono de las caricaturescas escenas de violencia y el terror de la violación infantil, pero en el stripping perdió las cualidades únicas que hacían de Kite una piece de résistence.

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Sin violencia y sin el escudo gráfico de su crudeza, la adaptación quedó en el limbo narrativo en el que la protagonista Sawa (India Eisley) elimina una parva de tipejos mientras el desperdiciado de Jackson interpreta a un policía corrupto que cubre las montañas de evidencia que abandona su acólita adolescente en cada escena del crimen. Y si esperaban la redención en uno de sus clásicos soundbites con todo y groserías, estarán más que decepcionados.

2. AVATAR: EL ULTIMO MAESTRO DEL AIRE

Tuvieron que meterse con Ang… (Crédito: Nickelodeon Movies)

Animé. Manga. Cine. Adaptaciones. Tiempo atrás, las cuatro naciones vivían juntas en armonía. Y todo cambió cuando la nación de los remakes de M. Night Shyamalan atacó. The Last Airbender y su secuela The Legend of Korra, fijas en el trono de la adoración infantojuvenil occidental desde su estreno en Nickelodeon, sufrieron el sacudón de la ignominia  en una experiencia agonizante de principio a fin. Y si bien las leyes de la probabilística sugerirían que algo debería haber estado a la altura de uno de los animés con más hype del mundo, esta sería la excepción absoluta a la norma matemática.

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La versión animada tiene una de las fanbases más grandes del mundo. . (Crédito: Nickelodeon)

Depositar nuestra fe en el otrora maestro de la tensión -actual descenso espiralado al desastre- M. Night Shyamalan (con la salvedad de Fragmentado, obvio) tuvo el costo ritual de sacrificar todo lo que estaba bien con Avatar. La historia original, ambientada en un futuro distópico en el que la humanidad ha devastado a la Tierra, habla de la supervivencia humana en forma de seres con poderes mágicos que les permite manejar (o en este caso, bendear) la tierra, el agua y el fuego.

Las facciones se mantienen en equilibrio con la influencia del Avatar, que si has leído el título, maneja el aire. Pero, habiendo desaparecido misteriosamente, la Nación del Fuego subyuga al Reino de Tierra y las Tribus del Agua con terroríficas consecuencias…

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Hasta que Aang, el último de un largo linaje de Avatares, emerge de un bloque de hielo. Su búsqueda, en la que aprende a manejar los elementos -y a sí mismo- es uno de los más bellos coming of age que, si bien no se trata estrictamente de un animé por su producción norteamericana animada en Corea del Sur, nos enternecieron a la médula. Pero los que creíamos que Aang -en su versión live action- podía salvar al mundo estábamos equivocados.

El manejo de los elementos en una de las orientalizadas gráficas de la serie. (Crédito: Nickelodeon)

Que conste en actas la heterogeneidad racial que podemos ver en la imagen de arriba. El racebending es la ofensa que, incluso, supera a los atroces efectos generados por computadora que desafía el objetivo de una película sobre manipuladores de elementos. El whitewashing redobla la apuesta y no sólo todos los protagonistas son blancos, sino que las únicas variables raciales orientales aparece en los villanos, retratados como hindúes.

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El error de cálculo de la inexplicable alteración de raza que obviamente desvía la atención de los fans no tiene sentido en lo absoluto… Principalmente porque los actores que interpretan a Aang, Sokka y Katara son sosos, entumecidos, lucen incomodos y carecen de convicción.

Sin más que esperar que el título sea profético y que, en efecto, sea el último Guerrero del Aire que veremos de la mano de Shyamalan, esperamos que The Last Airbender tenga el live-action que merece.

 

  1. DRAGONBALL: EVOLUTION
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CRÉDITO: Toei Animation

Si pudiéramos usar las Esferas de Dragón para una sóla cosa sería para rescatar a Goku de la salvajada de adaptación norteamericanizada que lo achuró con total impunidad. Hay tantas cosas mal con la adaptación de Dragonball Evolution que es difícil concentrarse en solo una cosa. Pero le debemos al Saiyajin más poderoso del Universo una devolución con más de 9000 power levels de exactitud.

Sí, Vegeta, es un nivel de poder impresionante (Crédito: Toei Animation)

Primero lo primero: Dragon Ball es, seguramente, uno de los universos más prolíficos del animé clásico, devenido del manga homónimo de Akira Toriyama. Con cinco sagas (Dragon Ball, Dragon Ball Z, Dragon Ball GT, Dragon Ball Kai y la próxima Dragon Ball Super), 32 años de vida y unos 519 episodios, la historia del niño Saiyajin hiperpoderoso que reunió las Esferas para que el Dragón mágico cumpliera sus deseos vibró ininterrumpidamente en la pantalla entre torneos de Artes Marciales, viajes en el tiempo, dos o tres muertes, salvar al mundo de amenazas alienígenas y criar su propia familia.

¿Cómo una historia con tantas aristas posibles podría verse como un piloto televisivo con los efectos computarizados más decadentes del cine?

La lucha entre el Rey Píccolo y Goku por las Esferas del Dragón es el material con el que están hechas las pesadillas(Crédito: 20th Century Fox)

No lo decimos nosotros: Dragonball Evolution fue elegida la peor película del año 2009 por los Premios Razzie. Es decir: no sólo es la peor adaptación, sino que es una terrible, horrorosa película. Tiene sentido: es el equivalente cinematográfico de dos horas de vapuleada facial con retro-golpe por dos horas más.

El guión es nefasto, los personajes están pésimamente casteados, los efectos visuales son risibles, desperdician a Chun Yun Fat (el que vuela por los aires en El Tigre y el Dragón) y las peleas son aburridas, pecado imperdonable de una de las franquicias que caracteriza el status de ícono cultural que adquirió el Kame-Hame-Ha. El whitewashing del personaje principal es el menor de los problemas: que hayan convertido a Goku en un puberto emo sin cola es más terrible.

Sí, así se ven los Kame Hameha. (Crédito: 20th Century Fox)

Básicamente,: el abuelito de Goku le lega una única Esfera de Dragón y la orden de entrenar con el Maestro Roshi (que, dicho sea de paso, no tiene el icónico caparazón)) en su cumpleaños número 18 como hecho aislado de bondad entre tanto acoso escolar en la prepa a la que asiste (sí: a Goku le hacen bullying). El plan se mantiene hasta que el Rey Píccolo invade la Tierra queriendo hacerse de las Dragon Balls para conseguir la dominación matando al abuelo Saiyajin en el proceso. En el interín, Goku entrena con Roshi y aprende los peores movimientos de desplazamiento de energía imaginables. Entonces,. Goku lucha con Píccolo, Goku se convierte en un Ozaru repitiliano/ gorilla gigante (que no le importa demasiado), algo con las Esferas del Dragón, fin. Si bien el storyline no es demasiado elaborado, los puntos de confusión abundan y el espectador jamás entiende demasiado bien qué está pasando.

En conclusión, Dragonball Evolution no solo lidera este ranking por la paupérrima adaptación de uno de los productos culturales más amados de todos los tiempos, sino que se lleva la “Palma Crunchy” por ser, seguramente, una de las peores películas de los últimos años.

 

FUENTES:
https://www.rottentomatoes.com/m/speed_racer/
https://www.buzzfeed.com/alisonwillmore/ghost-in-the-shell-is-really-the-reverse-get-out?utm_term=.syXNRRVKV#.eeRgQQyJy
https://www.infoamerica.org/icr/n07_08/strate.pdf
http://www.imdb.com/title/tt0811080/trivia
https://otakumode.com/news/55000394090876ae7aea2cd8/%E2%80%98A-Kite%E2%80%99-and-%E2%80%98Mezzo-Forte-%E2%80%99-The-Shocking-Works-of-Yasuomi-Umetsu-to-Be-Screened-at-the-Shin-Bungeiza-Theater
https://www.rottentomatoes.com/m/ghost_in_the_shell_2017/
http://www.imdb.com/title/tt0938283/
http://www.eldiario.es/cultura/cine/Adaptar-animes-nueva-triunfar-Hollywood_0_531247194.html
http://atla.avatarspirit.net/audio.php?id=2
http://es.dragonball.wikia.com/wiki/Dragon_Ball_(anime)
http://aminoapps.com/page/dragon-ball-espanol/7374080/comentemos-dragon-ball-evolution
http://www.imdb.com/title/tt1098327/
http://www.racebending.com/v4/campaigns/airbender/depictions-of-gender-and-ethnicity-in-the-last-airbender/
https://www.forbes.com/sites/insertcoin/2014/10/22/the-strange-sad-abuse-of-the-last-airbender-and-the-legend-of-korra/#d806b3e57a0c

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