“Esta ciudad tiene un cáncer maligno, y se llama Airbnb”. El fundador de Airbnb carraspea al oír las palabras, clava la mirada y se acomoda en su asiento. La frase la dijo el año pasado Gala Pin, funcionaria del Consejo  del barrio de Ciutat Vella de Barcelona, y cristaliza a la perfección la “guerra” entre el ayuntamiento y la Generalitat de Cataluña contra Airbnb, a quien considera el principal culpable del aumento del ruido y vandalismo en la zona y de los prohibitivos precios del alquiler tradicional. Nathan Blecharczyk, cofundador de la empresa, se ha convertido gracias a ella en el cuarto emprendedor más rico de EE.UU. menor de 40 años (tiene 33 y una fortuna de casi 4 mil millones de dólares). Al preguntarle por la polémica frase, saca un as de la manga que guardaba justo para la ocasión. “Con la ciudad de Madrid estamos muy cerca de llegar a un acuerdo”, confirmó en una entrevista con varios medios de comunicación. “Con Cataluña… está siendo bastante más complicado”, agrega entre sonrisas.

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Airbnb es una de las historias de éxito más rotundo de Silicon Valley en los últimos años. Creada en 2008 por Blecharczyk y sus dos socios, Brian Chesky y Joe Gebbia, hoy es el mayor ‘hotel colaborativo’ del mundo. Está presente en más de 65.000 ciudades de 191 países y su valoración en bolsa supera los 30.000 millones de dólares.

 

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El éxito, sin embargo, ha tenido un alto precio: enfrentarse con las autoridades de medio mundo en litigios legales, que acusan a la empresa de evadir la regulación local y acabar fomentando el corrosivo y “perjudicial” turismo de masas.

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“En Barcelona y otras ciudades no hay una regulación que refleje lo que ocurre en la calle. Y lo que está ocurriendo son dos cosas. Por una parte, tienes a gente que alquila de forma temporal la casa en la que vive, es decir, hace ‘homesharing.

Por otro, tienes a profesionales que alquilan departamentos. Algunos de ellos tienen licencia, mientras que otros no. La ley ahora mismo solo cubre a los profesionales, no dice nada del ‘homesharing’. Y esto es un problema”, explica Nathan.

¿QUÉ ES ESTO DEL “HOME-SHARING”?

Es el gran reclamo que Airbnb lleva haciendo a las autoridades españolas y de otros países durante los últimos años: aprobar y reglamentar el ‘homesharing’, la actividad de compartir la casa habitual de cada uno, imponiendo reglas claras sobre lo que se puede y no se puede hacer. “En Barcelona, los anfitriones pueden publicar en la web su número de licencia. Esa opción la vamos a lanzar muy pronto también en Madrid. Pero si no aparece ese número, ¿es porque hacen ‘homesharing’ o es porque son profesionales que deberían tener la licencia pero no la muestran? No hay forma de saberlo, está todo mezclado. Eso es lo que pedimos: por favor, definamos qué es un anfitrión ocasional. Una vez tengamos eso establecido, todo lo que no encaje en esas dos cajas puede ser fácilmente eliminado”, comenta vehemente.

Sobre el papel, suena redondo. Pura lógica. Pero los datos demuestran que la mayoría de anfitriones de Airbnb anuncia múltiples propiedades en la página. Es decir, no solo ofrecen su propia casa (‘homesharing‘ como se denomina a éste nuevo concepto de alquiler) sino que además alquilan otras viviendas para hacer negocio, en muchos casos, al margen de la ley (sin tener licencia ni declarar los ingresos a los organismos de control de cada país).

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Hay casos de ciudades como Nueva York y San Francisco, en las que se han aprobado la política de ‘un anfitrión, una casa‘, para poder lograr un proceso transparente y dentro de la ley. Es decir, cómo en muchos otros ámbitos, las leyes y reglamentaciones deben actualizarse y adaptarse a los tiempos que corren.

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CAMBIAR LA ESTRATEGIA

Durante los últimos meses, Airbnb se ha visto forzada a dar un importante giro en su estrategia legal. De llevar a los tribunales a los gobiernos de Nueva York o San Francisco ha pasado a aceptar que, si quiere seguir operando y facturando, debe someterse a nuevas y estrictas regulaciones.

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Los casos más recientes son los de Ámsterdam y Londres, que han establecido un límite de 60 y 90 días anuales respectivamente para alquilar la casa propia a un turista. Por encima de ese tope, se considerará actividad profesional y se necesitará licencia. Nueva York (30 días anuales), San Francisco (60 días), París (120 días) o Berlín (no permite alquilar más del 50% de la vivienda durante cortos periodos de tiempo) han seguido los mismos pasos hacia una rígida reglamentación que regula la actividad.

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Pero quizás el caso más extremo, y el que puede sentar un precedente en todo el mundo, es el de Nueva Orleans (EE.UU). Allí no solo se ha limitado a 90 días al año el alquiler de una vivienda habitual. Asimismo, cualquier usuario que se una a Airbnb quedará registrado de forma automática en los sistemas del gobierno local, con quién la web tendrá que compartir su nombre y dirección. Y hay más: Airbnb se compromete a eliminar todos los anuncios de viviendas que no muestren la licencia. Si la empresa es capaz de hacer todo eso para contentar a las autoridades de Nueva Orleans, ¿por qué no ofrecer lo mismo en otras ciudades del mundo y así resolver de una vez la disputa?

ALQUILERES MUY ALTOS

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Donde Blecharczyk no cede y contraataca es en la supuesta relación entre el auge de Airbnb y el aumento en el precio del alquiler tradicional a largo plazo por la menor oferta disponible. ¿El motivo? Algunos estudios apuntan a una respuesta obvia: alquilar a corto plazo en Airbnb puede salir hasta cuatro veces más rentable que hacerlo de forma tradicional por periodos largos de tiempo. Pero el joven magnate sigue apostando a conquistar el mercado mundial del “home away” enfrentando todas las adversidades que se le presenten.

EXPERIENCIAS, MEJORES EXPERIENCIAS!

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Ante semejante avalancha de obstáculos regulatorios en cientos de ciudades, los fundadores han decidido seguir innovando. No quedarse solo en el negocio del alojamiento, es decir, diversificarse para  convertirse en una especie de nueva agencia de viajes. ¿Por qué no ofrecer también experiencias? Dicho y hecho. La compañía anunció a finales del pasado año la aplicación Trips, en la que los usuarios pueden reservar todo tipo de experiencias (desde recolectar trufas en la Toscana a visitar los mejores clubes ‘indies’ de Berlín) y ponerse en contacto con guías locales para que les enseñen la ciudad de manera diferente fresca, lejo de las típicas guías turísticas aburridas.

Trips ya está disponible en 40 ciudades, entre ellas Barcelona, y quizá llegue a Buenos Aires a fines del 2017. Y todo con el mismo mantra de hacer del turismo algo único, alejado de la masificación. “La gente local te lleva a los sitios que no verías haciendo turismo normal. Te lleva a sus restaurantes, bares y rincones favoritos. Y será otra forma de impulsar la economía local, pero bajo ningún concepto una ocupación a tiempo completo. Está pensado para que la gente pueda sacar algo de dinero de lo que ya saben hacer, no para que se convierta en un nuevo trabajo. Es más bien un extra”, aclara Blecharczyk para intentar evitar nuevos frentes legales con las agencias de viajes y guías tradicionales.

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Está por ver si este nuevo servicio, Trips, o los acuerdos a los que Airbnb está llegando con ciudades de todo el mundo para salir de su situación de alegalidad, servirán para cambiar la imagen de la compañía como ese gran invento contra el turismo de masas que en realidad lo facilita tanto. “Todo el mundo se queja, ‘¡hay demasiado turismo!’, pero es una queja muy general. Hay muchas cosas buenas detrás del turismo que fomentamos, como gente local que necesita algo de dinero extra y no causa ningún daño si alquila su casa. De eso, apenas se habla“, se lamenta Nathan. Hoy, 10 años y 30 mil millones después, ese es el gran reto al que se enfrenta Blecharczyk: recuperar la esencia con la que nació Airbnb.

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